«Mijo» dicho por la madre es cariño. Dicho por una señora que uno no conoce, en la fila del banco o en una tienda, es una evaluación completa de la persona.
Un «mijo, no» detiene cualquier acción. Un «ay, mijo» significa que uno hizo algo tonto y que la señora ya lo perdonó, lo cual es peor.
No tiene relación con la edad real. Se le puede decir mijo a un hombre de cuarenta años y él va a bajar la cabeza igual que a los diez.
La versión con nombre completo —«mijo, venga acá»— es la más grave del idioma y no admite negociación.
Contra el «mijo» ajeno no hay defensa. Responder «no soy su hijo» es teóricamente posible y jamás se ha hecho.
