Una llamadita reduce cualquier trámite a la mitad

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Todo trámite del país tiene dos duraciones. La del instructivo y la que resulta cuando alguien conoce a alguien.

La segunda se activa con una frase concreta: «déjame hacer una llamadita». Nadie pregunta a quién. Preguntar a quién es de mala educación y además arruina el mecanismo.

La llamadita no salta la fila, la mueve. Los requisitos siguen siendo los mismos y los papeles siguen siendo los mismos. Lo único que cambia es que ahora hay una persona con nombre esperando ese expediente en su escritorio.

El sistema es tan eficiente que se ha vuelto imposible saber cuánto tarda de verdad un trámite. Los que no tienen a quién llamar sirven de grupo de control, pero nadie ha publicado ese estudio.

La única forma de pagar una llamadita es con otra llamadita, en el futuro, por algo distinto. No hay tarifa. Hay memoria.