La salsa que acompaña la fritada no tiene receta escrita, no tiene nombre y viene en un pomo que antes fue de otra cosa. Nadie ha preguntado qué lleva.
El mecanismo es la confianza acumulada. Si la señora lleva veinte años en el mismo puesto, la composición de la salsa deja de ser un asunto relevante para el consumidor.
Hay quien intenta replicarla en la casa. Le queda parecida en color y en nada más.
La consecuencia es que el puesto no compite por precio ni por local. Compite por el pomo.
Cuando la señora se jubile, la fórmula se va con ella. Y está bien.

