La cámara instalada en el poste de la esquina tiene un foquito rojo prendido y nadie en el barrio ha visto jamás una imagen suya.
El mecanismo es la duda razonable. No hace falta que grabe; hace falta que parezca que graba.
Cuando efectivamente pasa algo y se pide el video, el video está en un servidor al que hay que solicitar acceso por escrito.
La consecuencia es que la cámara funciona perfectamente para todo, menos para lo que fue instalada.
Igual saluda al pasar.



