La arrocera de la casa se prende al mediodía y el arroz sigue caliente a las ocho de la noche. Ninguna otra entidad del país mantiene ese nivel de cumplimiento.
El mecanismo es la tapa. Nadie la abre por curiosidad, nadie la deja entreabierta y todos saben que soltar el vapor antes de tiempo es un error que no se perdona en esa casa.
En los hogares sin arrocera la función la cumple una olla con una toalla encima, y funciona igual. La tecnología no era el punto.
La consecuencia práctica es que en Ecuador uno puede llegar a cualquier hora y comer. Eso no lo garantiza ninguna ley.
El arroz del fondo, pegado, se lo come alguien. Siempre alguien.

